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Hotel Babel, de Mario Arteca

Cruzar la frontera de lo admisible

Los poemas de Hotel Babel cargan con la densidad de un tiempo sin freno ni fin, porque se transita de manera cíclica. Tal vez porque su modo de construirse es infinito: como un juego de espejos, las obras que lo componen remiten, a su vez, a momentos o situaciones interrumpidas que se retoman más adelante, intentando completar algo inconcluso. Es, entonces, este tiempo circular el que prevalece en la escritura, tal como se lee en la siguiente serie de poemas: en XXVI. Esa sangría que vuelve de vez en cuando (en un cuarto muy nítido del Hotel Babel), dice: “Estoy de vuelta el viernes por la tarde/  Llamame a casa/ cuando puedas; lo antes posible.” En el poema XIV. Un poema interrumpido por una llamada telefónica (desde el Hotel Babel), retoma esta temática y la voz poética se detiene a causa de una irrupción proveniente del Hotel Babel, configurado ahora como parte del mundo exterior: (Siempre retengo esos nombres. Vivieron en una casa durante algunos años, y mucho después se retiraron. En todo caso, eran sólo manchas confusas en forma de bola cuya proyección es un tracto de tinta china. Ahora se recortan en negro, sobre el fondo gris claro de un cielo barrido por la niebla.) Teléfono.” Esta imagen vuelve en el poema XXXII. Hacia la extracción compulsiva de sangre (consultorio médico en el Hotel Babel), pero este retorno se dará siempre desde otro lugar, desde otra de las caras de la moneda o, debería leerse, desde otro de los cuartos del Hotel Babel: “los teléfonos no cesaban de sonar;/ todos a la vez ensordecían. Esas/ llamadas venían a solucionar algo,/ pero al mismo tiempo dependían/ de una sola contestación.”

Son traslados, mutaciones que va sufriendo el recorrido por el hotel, espacio de destrucción del acto comunicativo y del lenguaje, si se lleva a cabo la analogía más obvia. Pero más allá de esta interpretación, el lenguaje, lejos de su destrucción, varía y sufre constantes desplazamientos entre el significado y sus posibles referentes.

Arteca desafía esta relación sintagmática y ya no irá en una única dirección. Por el contrario, los sentidos son infinitos: puertas ubicadas de modo horizontal, hacia arriba pero también hacia abajo, en un orden y tiempo caóticos que son los que mandan en el Hotel Babel, al igual que el caos que reina durante el origen del lenguaje, momento iniciático que Bajtin denomina ‘mágico’ y que es parte del ritual en la sociedad originaria: (cita poema pág. 13).

Así, no hay jerarquización mientras haya un punto de partida, tanto para la construcción de la historia como para la búsqueda de la verdad. Dice en el poema dedicado a Chicha Mariani: ” No me apaga la necesidad de seguir buscando,/ dice una mayoritaria Chicha, con la certeza/ de que para llegar a la verdad siempre/ se necesita un mediador”. Y más adelante, en el mismo poema: “(…) Primero/ imaginación; enseguida experiencia. / No importa el orden con tal que/ se empiece por la primera” (V. “No me apaga la necesidad de seguir buscando” (una madre del Hotel Babel)).

Pero también, afirma Bajtin, el lenguaje mágico es destituido por otro y al destruirse la torre y con ella, el padre – es decir la ley – , las ruinas del Hotel Babel se bifurcan, se multiplican y se abren hacia innumerables interpretaciones y maneras de transitar el tiempo. Sus habitaciones son postales que disparan imágenes, momentos que se suceden de forma fragmentada, tal como sucede durante el tiempo de los sueños, y de la memoria, donde reside un pasado que no podrá recuperarse: “De nada valía que le amenazara, que las familias católicas se burlaran de él… (leer hasta el final, págs. 15/16).

Arteca vuelve a lo primitivo en tanto necesidad de búsqueda de aquél tiempo perdido, que es el que da origen y nombre nuevo a las cosas, retornando a la naturaleza verdadera y revelando un nuevo significado: “sanará la piel/ enferma en el revés de un golpazo,/ pero sólo en su anábasis, ante/ culotes de timón las propiedades/ asisten a una forma poco familiar/ de dar vuelta la hoja. Desde/ ese sitio provienes: de aquellos/ desarreglos con que fijaste/ una nueva estructura” (LV. Del tiempo (y la vuelta a casa, tras el derrumbe del “Hotel Babel”).

Flor Defelippe

 

 

Nació en La Plata, 1960. Publicó: Guatambú (Tsé- Tsé, 2003), La impresión de un folleto (Siesta, 2003), Bestiario búlgaro (Vox, 2004), Cinco por uno (Vox, 2008), Horno (Al Margen, 2009), Cuando salí de La Plata (CILC, 2009), Nuevas impresiones (La Calabaza del Diablo, Santiago de Chile, 2010) y La orquesta de bronces (Goles Rosas, Mar del Plata, 2010), entre otros.

 

También disponible en añosluz:

Tres impresiones

102 p. 20 x 14 cm. 

Fotografía de tapa: Eddy Allart

2013