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Ventanas #4 / Mario Arteca

Mi objetivo en las páginas que siguen ha sido más bien describir el resto: lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia: lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes.
G.P.

A esta altura Tentativas de agotar un lugar parisino (1975) de Georges Perec ha dejado de ser una obra para convertirse en un método. Un método que mientras revela la imposibilidad de representar el tiempo y el espacio, nos dice que la imaginación es lo único que nos permite habitar el mundo. No hay experiencia que logre escapar a nuestra necesidad de narrarla, de ordenarla, de vislumbrar al menos una línea distorsionada de sentido aunque más no sea para que nuestro barco impacte y se hunda. “Tristes de las almas humanas que ponen todo en orden” definía Alberto Caeiro en uno de los mejores libros de poemas que existen. Qué hacer para que los alrededores no se vuelvan un paisaje, es posible percibir la velocidad y la quietud desde sus fragmentos, cómo mirar la ciudad desde los bordes sin esperar que los semáforos se pongan en rojo, qué ritmo hace bailar a las calles vacías. Ventanas nace como un interrogante y también -por qué no- como un modo de saltar por encima de la coyuntura. Una sola premisa, asomarse por alguna ventana, ver y decir. Como quien cierra los ojos frente al sol y conoce finalmente de qué colores es el universo personal.

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Arteca Ventanas

Un locatario observa el patio de la casa chorizo desde su escritorio de trabajo

A simple vista se trata de una enorme Rosa China gobernando el patio donde también soy pulmón de manzana. El árbol tiene sus años, pero parece joven con relación al inmueble. El árbol está partido en cuartos, pero no: es la propia ventana de madera, y mal pintada por el inquilino anterior, la que se muestra dividida: es lo que se interpone entre la mirada y el árbol. Con sólo moverme y abrir los postigos la Rosa China será liberada. Entonces me acerco a la ventana, sin levantarme de la silla, y de inmediato entiendo que no llego al picaporte, que la extensión de mi brazo, y por ende la de mi cuerpo, no son suficientes; que por ese motivo no puedo liberar ni por asomo la imagen cuadriculada del árbol. Los dos estamos en la misma situación, por lo visto. La tarde se está consumiendo y es el momento donde los habitantes de la Rosa China empiezan a recoger sus petates. Los benteveos ya se fueron, pero quedan esos simpáticos zorzales de abdomen color mango que aún recogen las ramitas y hojitas esparcidas en todo el patio, como un obsequio final de un invierno para un otoño apenas percibido. Las calandrias ya no se muestran expulsivas, aunque una de ellas, entretenida en la retirada, intenta todavía imponer su orden siendo absoluta minoría. Las ratas que deambularon en el verano fueron exterminadas: alguien les hizo tronar el escarmiento a fuerza de un veneno peor que la ausencia de contacto. Un gato robusto y marrón, seguramente castrado, camina sin prisa por la medianera, en busca de refugio, porque la luz se volverá, en cualquier momento, un asunto artificial. Lo que escucho no es el sonido de las hojas, sino cómo los capullos nuevos, rojos e intensos como la bandera del Partido Comunista Chino, hacen su aparición con la misma cautela que una enfermera pide silencio en una sala de hospital. A la izquierda del árbol siguen descansando algunos pequeños escombros de un arreglo anterior a mi presencia, tal vez una extensión de una pared, un lavadero al que hubo que agregarle un soporte de cemento. A centímetros de esos restos, se observa un respaldo de una cama que ya no está, porque yo tengo la mía, y un gabán colgado de una bicicleta media-carrera azul marino, sin usar desde hace años. Me gusta esta hora de la tarde. Me interesa ser parte de los cambios de luz y de silencio que van de la mano de la inmovilidad exterior. Ni siquiera una ventana cuadriculada cambiará la escena, aunque no seamos íntegramente protagonistas. Detrás de la Rosa China sobresale el lomo de un pasillo que va directo a la puerta de calle, un dorso repleto de musgo que asoma mientras el árbol se vacía de palabras; porque llega la noche y no hay luna llena. De la pared nacen las extensiones de dos cactus, un clavel del aire y los brazos pecosos de un aloe vera. Todavía no encendí las luces de la casa. Si tuviera una lámpara de querosén, sería todo más sencillo. Entonces podré dejar la silla apenas termine lo que estoy haciendo, para después esperar que se haga de noche, con la radio encendida, donde habrá una voz circunstancial muy parecida a la mía ocupando el espacio hertziano.

Mario Arteca nació en La Plata, 1960. Publicó: Guatambú ( 2003), La impresión de un folleto (2003), Bestiario búlgaro (2004), Cinco por uno (2008), Horno (2009), Cuando salí de La Plata (2009), Nuevas impresiones (2010) y La orquesta de bronces (2010), entre otros. añosluz editora publicó Hotel Babel (2013) y Tres impresiones (2017)

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