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Ventanas #6 / Alejandro Güerri

Mi objetivo en las páginas que siguen ha sido más bien describir el resto: lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia: lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes.
G.P.

A esta altura Tentativas de agotar un lugar parisino (1975) de Georges Perec ha dejado de ser una obra para convertirse en un método. Un método que mientras revela la imposibilidad de representar el tiempo y el espacio, nos dice que la imaginación es lo único que nos permite habitar el mundo. No hay experiencia que logre escapar a nuestra necesidad de narrarla, de ordenarla, de vislumbrar al menos una línea distorsionada de sentido aunque más no sea para que nuestro barco impacte y se hunda. “Tristes de las almas humanas que ponen todo en orden” definía Alberto Caeiro en uno de los mejores libros de poemas que existen. Qué hacer para que los alrededores no se vuelvan un paisaje, es posible percibir la velocidad y la quietud desde sus fragmentos, cómo mirar la ciudad desde los bordes sin esperar que los semáforos se pongan en rojo, qué ritmo hace bailar a las calles vacías. Ventanas nace como un interrogante y también -por qué no- como un modo de saltar por encima de la coyuntura. Una sola premisa, asomarse por alguna ventana, ver y decir. Como quien cierra los ojos frente al sol y conoce finalmente de qué colores es el universo personal.

***

Alturas

Una ventana es lo que se ve ahora –este cielo blanco de tan gris, ese edificio que parece un rasti olvidado por un gigante–, superpuesto a todas las vistas de momentos anteriores y, diría un filósofo, también futuros.

Una ventana como esta que mira al centro de la manzana desde el vértigo de un piso siete en un barrio de casas y edificios bajos, da una visión de pájaro sobrevolando el paisaje que pone en perspectiva el abismo interno como cuando el avión despega y la ciudad se achica.

Los árboles, que no son tantos, traen la imagen recurrente de una meditación en la que agarro  la copa frondosa de uno que se transforma en brócoli, y es notable cómo lo que se ve a través de una ventana siempre evoca otra cosa.

Bandada de cotorras que dibujan la coreografía de una V corta en movimiento sobre un lienzo de nubes compactas. El helicóptero oficial se acerca desde lejos olfateando techos y terrazas para cazar infractores de un mundo antiguo, gente que se asomaba a ventilarse y tomar aire. Sin más.

El rebote de una pelota invisible que cualquiera diría está siendo pateada en el cuarto de al lado, son los hermanos de la planta baja que le juegan un loco en el patio a su perro policía para matar el aburrimiento de la siesta. Una ventana así te baja a tierra y es curioso cómo, en el día a día, se repiten tantas escenas no guionadas.

Los terrenos de casas y pehaches divididos por medianeras con y sin alambre, un tetris deforme donde encastran arquitecturas invisibles desde la calle. Décadas y estilos. Al fondo de ese pasillo angosto, largo, un pedazo de pared donde clavaron el viejo cartel azul con letras blancas de la calle Teodoro García, souvenir que la ciudad cedió en préstamo.

A cada balcón su luz y su ténder lleno de ropa mojada.

Hay una memoria no mental que se cuece en la mirada, en lo que entra por las cuencas de los ojos sin que se elija demasiado. Más cerca y sobre el lado izquierdo, aunque no lo vea está el chalet tripartito con su pileta de agua clara todo el año. Y en esa terraza roja recién pintada se comen asados tan ricos que dan ganas de descolgarse a lo Batman por el cable negro del cable y aterrizar en la mesa.

También desde acá asoma el sanatorio con su energía de mole triste y parientes preocupados fumando en la puerta, o picando sándwiches de angustia en el escalón de alguna entrada. Lágrimas y labios mordidos. La farmacia contigua atendida por los hombres sin risa ni descuento de guardapolvo esponsoreado.

Y en otra dirección, en diagonal al sur de Buenos Aires, el muro lateral de un edificio y la fascinación por una enredadera que cambia de tamaño y de color al ritmo de las estaciones. Esquelética y raleada ahora, marrón clarito; pero con hojas de tres tonos verdes en verano.

Ayer luna llena con Júpiter encima, titilante como nota al pie. Hoy, amarilla y sola, flota en el negro de la noche. Cielos de Colegiales, deslumbrantes en el horizonte. Nubes rosas sobre azules eléctricos, reflejos naranjas del atardecer, plateados sin sombra, celestes plenos. Una ventana se abre y todo lo que no soy entra en la casa.

 

(Buenos Aires, 1976). El pez que nada es su cuarto libro de poemas. Lo preceden: Oriental (2010), Hola, Harvey (2008), con diseño de Lisandro Aldegani, y Podemos llamarlo un día (2005). También publicó un libro de cuentos, El interior S.A. (2016). Y en colaboración: Letristas, la escritura que se canta (2015), con Federico Merea; y Escritos en la calle – Grafitis de Argentina (2017), con Fernando Aíta y el equipo de Grafiti. En 2018, se editó Dame un minuto, un disco de diez canciones de un minuto, compuesto con Lisandro Etala.  Nacido en Buenos Aires en 1976, es licenciado en Letras y co-editor de los sitios Ñusléter -24hs de literatura y de Grafiti -escritosenlacalle.com. Para leer más: dieresis.com.ar

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