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Ventanas #7 / Fulvio Franchi

Mi objetivo en las páginas que siguen ha sido más bien describir el resto: lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia: lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes.
G.P.

A esta altura Tentativas de agotar un lugar parisino (1975) de Georges Perec ha dejado de ser una obra para convertirse en un método. Un método que mientras revela la imposibilidad de representar el tiempo y el espacio, nos dice que la imaginación es lo único que nos permite habitar el mundo. No hay experiencia que logre escapar a nuestra necesidad de narrarla, de ordenarla, de vislumbrar al menos una línea distorsionada de sentido aunque más no sea para que nuestro barco impacte y se hunda. “Tristes de las almas humanas que ponen todo en orden” definía Alberto Caeiro en uno de los mejores libros de poemas que existen. Qué hacer para que los alrededores no se vuelvan un paisaje, es posible percibir la velocidad y la quietud desde sus fragmentos, cómo mirar la ciudad desde los bordes sin esperar que los semáforos se pongan en rojo, qué ritmo hace bailar a las calles vacías. Ventanas nace como un interrogante y también -por qué no- como un modo de saltar por encima de la coyuntura. Una sola premisa, asomarse por alguna ventana, ver y decir. Como quien cierra los ojos frente al sol y conoce finalmente de qué colores es el universo personal.

***

Desde mi ventana

“Desde mi ventana

no se ve nada,

así de simple”.

Yo

 

Un paredón gris, revocado, casi sin matices. Si me quedo mucho tiempo mirando, empiezo a diferenciar relieves. Granulosidades. Depresiones. Rajaduras mínimas, que se van haciendo no tan mínimas cuanto más uno las mire. Pero en general es como una pantalla que va cambiando de color a lo largo del día, derivando de un gris blanquecino a la mañana a un negro casi absoluto a la noche. No es absoluto porque lo absoluto no existe. Además, a la noche se reflejan luces artificiales como la que sale de mi ventana. Echan un resto de su resplandor sobre ese paredón gris, revocado, casi sin matices. Un resto, porque la luz no es para eso (para iluminar paredones ajenos, digo) sino para ver uno. Un resplandor indefinido, mezcla de reflejos tenues que llegan al paredón sin fuerza, casi no siendo luces. Entre esa suma de resplandores y los reflejos propios de la noche (luces artificiales, luna si la hay, nubes que difuminan la luna) impiden el absoluto. Que, por otra parte, no existe. El paredón da a un pozo al que llaman sarcásticamente aire y luz. Un pozo que quedó entre dos edificios altos. El mío y el del paredón. Vivo en el cuarto piso. Arriba hay ocho o nueve más. Y el edificio del paredón es un poco más alto. Por mi ventana entra poca luz, un poco de aire, apenas algunas gotas de agua si llueve, si el viento se arremolina.

Hace meses puse una planta en la ventana. Quería dejarla morir. Experimentar cómo se siente dejar morir algo vivo. Observar su gradual proceso de degradación. Llegado el momento, sacar las conclusiones necesarias para determinar que ha muerto. Todavía no murió, hasta la última brizna de pasto arrancada se aferra a la vida con toda la potencia de su ser, intenta conservar la vida. Solo un ser humano es capaz de dejarse morir. La planta llegó verde. Un helecho de un verde escandaloso, elegí la especie vegetal que menos me gusta porque pensé que así sentiría menos pena cuando se muriese. Ahora está seca, las hojas marrones, finas, quebradizas. Pero sigue habiendo brotes verdes que salen del medio de la tierra reseca, agrietada, casi hecha piedra. No siento pena.

 

Nunca bajo la persiana. ¿Qué cambiaría? Nunca cierro la ventana, el vidrio siempre está abierto. El calor y el frío que entran por la ventana, algún insecto y los ruidos de los otros departamentos son mi único contacto con el exterior. No me gusta salir. Mónica me trae la comida y limpia. Me cuenta cosas de afuera, la escucho sin interés, pasando mi vista por el paredón. Cuando descubro una grieta, mi imaginación la agranda hasta abrir un paso hacia más allá, pero ahí mi imaginación se termina porque no sé qué puede haber.

Después de limpiar, Mónica se sienta y pone la radio. Se sienta al lado de la ventana y fuma. Yo no fumo. Me gusta ver el humo blanco, dibujando formas contra el fondo gris del paredón. Si me asomo y miro hacia arriba, veo el cielo. A veces está celeste, o azul, y el paredón se ve gris claro. Cuando el cielo está gris, cubierto de nubes, el paredón se oscurece. Y es todo. Si me asomo y miro hacia abajo me mareo, así que miro poco tiempo; se ven los patios de los departamentos de la planta baja. Separados por muros, muchos de ellos con enredaderas y alguno con una reja ridícula. Y los patios llenos de porquerías. Juguetes, bicicletas arrumbadas, latas de pintura, reposeras, bolsas llenas de vaya a saber qué. A la gente le gusta acumular cosas. O no le gusta, pero lo hace igual. Yo no tengo nada. De lo que hay en mi casa, lo único innecesario es la planta. Aunque no decidí todavía qué voy a hacer con ella una vez que se termine de secar. El humo del cigarrillo de Mónica, Sube mientras ella no habla. Está sentada en la silla que dejé para ella. La única silla de la casa. A mí no me sirve, la habría sacado, pero empezó a venir Mónica y la dejé. Ahí, al lado de la ventana, porque sé que le gusta fumar después de limpiar, dejando caer la ceniza al vacío. Mejor dicho, a los patios llenos de porquerías de la planta baja. Pero el pucho lo apaga en el cenicero rojo. Tengo ganas de pedirle que lo apague en la tierra de la planta, pero sería posible que acelere el proceso de extinción. Y cuando uno se ha propuesto hacer una observación tiene que ser paciente, tratar de eliminar todo tipo de influencia exterior. Después, vacía en el cenicero en el inodoro y tira la cadena. Ese ruido interrumpe todo.

 

Los fines de semana llegan más ruidos de los otros departamentos. Los demás días, los ruidos son siempre los mismos. Pero los fines de semana es imposible establecer una regularidad, una lógica. Los ruidos empiezan más tarde y son más fuertes: voces indescifrables, música, aspiradoras, pelotas rebotando en los patios, gritos, golpes. Tengo un solo recuerdo de mi infancia. De cuando íbamos a la casa de mis abuelos paternos, en la provincia. Mi padre vivió ahí hasta que se casó con mi madre. Era de esas casas pobres que se fueron haciendo de a partes, sin un plan original, agregando ambientes a medida que la economía familiar lo iba permitiendo. De suerte que uno entraba, cruzaba un patio con un árbol cuya copa cubría el patio por completo, bordeando la pared alta de la cochera, lo último que se construyó. Después uno giraba a la izquierda y seguía por un pasillo largo y angosto, muy encajonado, que recorría todo el largo de la casa por afuera hasta salir a otro patio, que daba a la cocina. En ese pasillo, los diez o doce pasos que uno daba resonaban con un eco metálico. Mentiría si ahora dijese qué sensación me daba ese pasillo con los ecos metálicos de los pasos, pero siempre pensé que la entrada a la muerte era por un pasillo similar. No quiero decir que pensaba en la muerte en ese momento, pero después lo hice. Y el pasillo estaba. Siempre estuvo. Y asomarme por la ventana de mi departamento y mirar hacia la izquierda, donde a lo lejos termina el pozo y se ven abajo unas estúpidas copas de árboles que deben ser de ese otro sarcástico término inmobiliario, pulmón de manzana, y arriba más paredones y ventanas, asomarme por mi ventana y mirar en esa dirección me recuerda siempre aquel pasillo. El de mi único recuerdo de la infancia.

Los fines de semana Mónica no viene. Quizás por eso el día es más largo. Por lo general viene mi madre, que es una duplicación móvil de la planta. Cocina, sin entusiasmo. Repite las comidas de tantos años. Comemos y después limpia todo y se sienta en la silla de Mónica. Pero no fuma. Mira por la ventana, pero no el paredón gris de enfrente. Mira en dirección al pulmón de manzana; sus ojos viejos, que vieron tantas cosas, se deben recrear ahora en esos estúpidos árboles. Para verlos mejor, estira el cogote, dejando traslucir la serpiente de la tráquea y los dos pliegues alargados de piel que le mantienen la cara adherida al resto del cuerpo. A veces ofrece dar un paseo conmigo, pero me niego. Sé que lo hace por compromiso, para convencerse de que lo intenta. A veces hasta me siento tentado de aceptar, pero en seguida me doy cuenta de su debilidad. Mónica es grande, fuerte. Mi madre es pequeña, débil. Mónica tiene la piel oscura y dura, como cuero. Mi madre tiene la piel transparente y quebradiza, como papel manteca. Debajo de su piel se pueden ver venas violetas. Siempre me impresionó eso de los viejos. Nunca pensé que mi madre sería igual. Uno se da cuenta tarde de las cosas.

 

Ayer fue domingo. Mi madre limpió, se fue y me quedé sentado un largo rato junto a la ventana, tomando café. Al lado de la cama me instalaron una mesa alargada con una de esas cafeteras que conservan el café caliente todo el día. Y debajo de la mesa varias botellas de plástico con agua, un tacho donde tiro los filtros usados con la borra y otras cosas necesarias. Mi vida es el resultado de una planificación precisa. Gracias a eso, puedo pasar horas junto a la ventana, tomando café. Ayer hice eso. Miré el paredón de enfrente hasta encontrar la misma grieta que había descubierto unos días antes, siguiendo el humo del cigarrillo de Mónica. Para el ojo experto, una pared es un mapa. El ojo debe acostumbrarse a lo que observa. Como dos temperaturas (la del ojo y la de lo observado) que deben cotejarse, equipararse. Apenas distinguí la grieta, me di cuenta de que estaba más marcada que el otro día. Es más, estaba en condiciones de afirmar que esa grieta estaba tan marcada que hacía sombra. Y eso que la luz que incide contra el paredón, ya lo dije, es mínima. Sentí la necesidad de recorrer la grieta con una espátula, o con un destornillador. La grieta parecía empezar dos pisos más arriba; después descendía en forma casi regular para, justo enfrente de mi ventana, practicar un viraje de 120 grados hacia la derecha, recorrer sinuosa unos centímetros y finalmente chocar contra el borde recto de una depresión, donde el gris es más oscuro, y seguir el borde hacia abajo hasta perderse. ¡Con qué gusto habría pasado un cuchillo por todo el largo de esa grieta, desprendiendo lluvias de fino polvo, descubriendo capas sepultadas por la pintura gris y el revoque! Ahora que realizo ese recorrido una y otra vez, ahora que ya puedo ver capas y más capas de material, de distintos colores, texturas y densidades, descubro que la superficie no es lisa. Mi mirada es un cuchillo afilado. Hasta puedo escuchar el estruendo del material que se va desprendiendo bajo la acción de su filo, se arrastra por el paredón y cae en los patios de la planta baja. Como una catarata de pintura, revoque, ladrillo, arena y cemento que se precipita formando aludes.

 

Me despierto cuando Mónica me está sacando la camiseta. Es de día y lo primero que veo es el paredón gris, uniforme, liso. Siento un fuerte olor a café y me doy cuenta de que me lo volqué encima. Me dormí y me volqué el café. Quiero decirle que tengo frío, que me vista; pero ella, decidida, fuerte, impetuosa, ya me arrastra hacia el baño. No siente mi queja. No puede saber que quiero que se vaya, que me deje solo, que hoy no me importa estar limpio, comer, ver el humo blanco de su cigarrillo. Cuando me arrastra por delante de la ventana suelto un brazo y empujo la planta, que desaparece en seguida de mi vista, su vejez hirsuta y seca se zambulle en el marco oxidado de la ventana. Aguzo el oído. De repente, todo es quietud y silencio a punto de romperse. Apenas dos segundos después, el ruido del golpe es seco y hueco a la vez. La siento a Mónica parada a mi espalda. Otros dos segundos, largos como una tarde, durante los cuales su odio resopla como un buey, durante los cuales el calor húmedo y el olor animal de su cuerpo grande agitado por el trabajo y el cansancio vital me invaden sin tocarme, y en seguida siento todo su rencor en mi mejilla. Ya no habrá otro estruendo hoy. Siento sus lágrimas cayendo lentas, espaciadas, sobre mi cabeza. No hace ruido. Yo tampoco. Afuera empieza a llover.

Con un gesto, le pido que baje la persiana, que primero se traba pero después corre bien. No miro cómo va desapareciendo el paredón.

Es especialista en literatura rusa, profesor de Literaturas Eslavas en la Universidad de Buenos Aires. Ha traducido, entre otros autores, a Dostoievski, Tolstói, Chéjov y Mandelstam. En añosluz editora publicó sus traducciones de Lérmontov, Tsvietáieva y Jlébnikov.

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