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Ventanas #10 / Santiago Farrell

Mi objetivo en las páginas que siguen ha sido más bien describir el resto: lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia: lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes.
G.P.

A esta altura Tentativas de agotar un lugar parisino (1975) de Georges Perec ha dejado de ser una obra para convertirse en un método. Un método que mientras revela la imposibilidad de representar el tiempo y el espacio, nos dice que la imaginación es lo único que nos permite habitar el mundo. No hay experiencia que logre escapar a nuestra necesidad de narrarla, de ordenarla, de vislumbrar al menos una línea distorsionada de sentido aunque más no sea para que nuestro barco impacte y se hunda. “Tristes de las almas humanas que ponen todo en orden” definía Alberto Caeiro en uno de los mejores libros de poemas que existen. Qué hacer para que los alrededores no se vuelvan un paisaje, es posible percibir la velocidad y la quietud desde sus fragmentos, cómo mirar la ciudad desde los bordes sin esperar que los semáforos se pongan en rojo, qué ritmo hace bailar a las calles vacías. Ventanas nace como un interrogante y también -por qué no- como un modo de saltar por encima de la coyuntura. Una sola premisa, asomarse por alguna ventana, ver y decir. Como quien cierra los ojos frente al sol y conoce finalmente de qué colores es el universo personal.

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Sentidos de la excepcionalidad cotidiana

El campo visual es pobre; ofrece más aspectos que colores. O más bien color: un gris plúmbeo, puntuado de noche por los postes de luz amarillentos, el repiqueteo cerúleo de un patrullero y lo que se le ocurra al cielo (de momento, en ceniza a tono). Lo del sol es encomiable: sale más allá del extremo izquierdo del marco todas las mañanas, como un secreto reservado a íntimos, y una vez pasado el mediodía va pintando el rosicler anaranjado, a veces con tanto esmero que rebota por todas partes en Instagram. Cada día que pasa se cansa un poco más tarde que el anterior. Hay esperanzas difusas de que los jacarandás que se observan al torcer la calle desplieguen su toldo rosáceo y malva en unas cuantas semanas.

Aspectos: poliedros macizos. Muchos, encajonados incómodamente, como si el barrio fuera un subte en hora pico. Tachonados de ventanas tachonadas a su vez de televisores incandescentes. Tenue presencia humana en las terrazas: ropa, tomadores de sol, técnicos manipulando cableados varios. La trayectoria oblicua de Alberdi desmiente la implacabilidad del trazado en damero que no aplicaron los españoles a sus ciudades y tampoco a esta parte de Buenos Aires. La escena también parece desmentir la mentada variedad arquitectónica de la ciudad; están los poliedros construidos hace 40 años y un par de portentos nuevos que parecen de cartón, y se ven todos iguales.

El campo auditivo es algo más rico en ambos planos de existencia. En el cotidiano, murmullos de autos y gritos, serenatas de perros, tertulias de palomas —charlan bastante en su limitada colomboglosia—, el vecino que hace gala de sus gustos musicales variados (anteayer  fueron los noventa, ayer fue Nicky Nicole) y el viento, que cuando se empaca corretea por recovecos y esquinas, latigueando puertas y ventanas abiertas y derribando objetos desprevenidos. A veces se desgañita en un silbido oscilante, como ese momento de la vida en el que la gente que no sabe chiflar intenta hacerlo con toda la furia, cómo puede ser que sea tan difícil. Pero lo digno de nota se da en el plano extraordinario, vuelto depresivamente cotidiano: la denodada corneta que alaba al sistema sanitario a las 21 y sobre todo el silencio total de los fines de semana, donde hasta el aire parece haber muerto de tanta quietud; silencio que abruma de tantas cosas que informa.

El viento también se permite aportar lo táctil, merced a sus cualidades propias de la altura. Viene mullido, áspero, raspa la garganta al inspirarlo. Con solo tocar el marco de la ventana se advierte la necesidad de una trapeada que sin embargo el domingo —día asignado para eso— curiosamente nunca se da. Aquí también hay vacíos: de calor solar (aquí el sol alumbra pero no pega) y de contacto humano. Palpable aquí y desde aquí: personas enfundadas en barbijos, cuellos polares, gorros y abrigos. El tacto está cerrado por cuarentena.

Por último, olfato y gusto. Uno pensaría que desde este piso once, flanqueado por un edificio de diez pisos, no hay mucho que decir al respecto. Y sería cierto si no fuera porque los sábados al mediodía, el personal de ese edificio adyacente celebra un asado que prepara en la terraza. La columna de humo resultante huele tan fuerte a ritual dominical remoto que tiene sabor, y la boca se hace agua, como si tratara de llorar. Pedir delivery después de eso se siente casi como somatizar.

Nació en Morón en 1986. Pasó la adolescencia en Brasil, lo que terminó llevándolo a elegir la traducción como profesión. Es egresado y profesor del traductorado de portugués del IES en Lenguas Vivas Juan Ramón Fernández. Actualmente vive en Buenos Aires y aspira a escribir libros y hacer música. János es su primera novela publicada.

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