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Nosotras, la poesía. El hechicero de Marina Tsvietáieva

“¿Quién paseará ahora, bajo la luna dorada,/con nuestro caballero vagabundo?…”, se pregunta entre paréntesis la sujeto imaginario de este poema, un sujeto colectivo -“yo soy nosotras”- que nuevamente elige un espejo para poder verse. De algún modo El hechicero (1914) anticipa la fundación de un linaje y una serie de territorios para la ficción. Si en su notable Mi Pushkin (1937) Marina Tsvietáieva se construirá a partir de la figura del autor de El Jinete de Bronce -memoria y posesión de ese rostro oscuro personal y linaje propio-, la cual le permitirá evocar su infancia en tanto ángulo de observación, territorio de misterio y revelación de lo prohibido, en El hechicero la evocación nos lleva a ese espacio fundacional del erotismo: la adolescencia y el movimiento desde lo íntimo hacia la intemperie. 

Una nota al pie funciona como tránsito entre dos mundos posibles. Por un lado, la figura del maestro a quien se le dedica un poema, el recuerdo de un espectro de carne y hueso: una oda; por otro la imaginación sobre un tercero fantasmal y vagabundo -esa sombra de la cual hablará Eliot algunos años después, en 1922, en La tierra baldía– que posibilita la escritura: una musa masculina o una tradición donde hacer pie hasta verla desaparecer. “Ni Baudelaire ni Dante” insisten las hermanas de este poema. Se trata, en todo caso de buscar una nueva forma que salte por encima del conocimiento y el tránsito por la ciudad decadente. Un coro femenino que se dispersa y vislumbra no tanto a través del humo y las ideas sobre Dios (cielo e infierno, San Juan y Don Juan) como de la desobediencia a los mandatos, la luz que vuelve reales los alrededores festivos que esperan ser descubiertos.

Una observación final: El hechicero es la enunciación de una perdida que siempre vuelve pero como extrañeza. El tránsito de la inocencia a la adultez en tanto construcción de una nueva voz poética. Aquellas que acompañan, cada una a un lado, al poeta, ya se han vuelto otras y desencadenan el ritmo. Quiénes son entonces aquellas que habitan los recuerdos. Quién nos mira desde el fondo del espejo.

Pero no se diga más. Presentamos por primera vez en castellano este extenso poema de Marina Tsvietáieva, traducido y cedido para este espacio por Fulvio Franchi.

EL HECHICERO

Poema

A Anastasia Tsvietáieva

 

Él era nuestro ángel, nuestro demonio,

nuestro preceptor — nuestro hechicero,

nuestro príncipe y caballero. — ¡Era todo

para nosotras — entre la gente!

 

Había en él tanta abundancia,

que no sé cómo empezar.

Lo amamos apasionadamente —

una primavera.

 

Su solo llamado en el salón –

y sentíamos un escalofrío,

y nos ardían hasta la locura

los ojos y la frente.

 

Era como si oscilasen las raíces

del pelo — ¡oh, ese temblor y ese pavor!

Y el salón se volvía más amplio, y más

angosto – el pecho.

 

Y los brazos de golpe congelados,

y no sentíamos las piernas.

— ¡Siete veces por semana

ese llamado!

 

===

 

Está aquí. ¡Nuestro primero y último!

¡Y el todo que nos pertenece!

¡Ya sale del recibidor! ¡Está

aquí, está aquí!

 

Vuela hacia nosotras como un ave,

¡él solo vuela a nuestra red!

Y de golpe – deseos de dar vueltas,

de gritar, de cantar.

 

===

 

Subimos saltando los tres escalones,

empinada escalerita, hacia nuestro

desván — siempre dorado,

primaveral.

 

Donde hay un desorden imposible –

donde es como si un trueno hubiera

estallado sobre esa pila de cuadernos

aún con la pluma.

 

Sobre esa hueste de organillos,

muñecos y fieras de cartón,

rosquillas medio roídas,

calendarios,

 

cajitas indescriptibles,

con cosas para todos los gustos,

frasquitos vacíos sin corcho,

gargantillas de vidrio.

 

cuyos enceguecedores racimos

de clinquantes, éclatantes grappes [1]

resonando enredan los clavos

para los sombreros.

 

Nos sentamos – miramos – sabemos –

amamos, y sentimos, sin bajar los ojos,

que moriríamos por él, y él —

por nosotras.

 

Dos corceles, fuego y espuma —

¡Nosotras! — ¡Atrápanos cuando no tengas

pereza! — Hablamos de lo que hicimos

el día de ayer:

 

de cómo corrimos por el salón

a la noche, a la luz de la luna,

y de cómo y qué le dijimos después,

en el sueño;

 

de cómo – ¡y ya estamos en éxtasis! –

por nuestro espíritu indomable,

las autoridades del colegio

nos persiguen a las dos;

 

de que nunca nos casaremos,

— ¡Y así estaremos juntos los tres! —

¡Oh, nunca nos casaremos, antes

que eso – morir!

 

Cómo nuestra vida hace mucho tiempo

es una mesa de juego: — Vivat!

Por San Juan — en el paraíso, por don

Juan — en el infierno.

 

===

 

Como el cráter del Etna, que ha hablado –

es su boca, que ha empezado a hablar.

En respuesta al torbellino y a la tromba,

a la vorágine.

 

Aquí las maldiciones y el hosanna,

aquí todo se quema y arde. De todo

lo que en el mundo no se ha dicho

él habla.

 

Nos parecía – que nos hería – de muerte

con los puñales de sus ojos verdes,

trepando como serpiente al diván…

Oh, cuántas veces

 

con el susurro de una cobra irritada,

maldecía el universo y a nosotras —

y de nuevo se volvía bueno…

casi por una hora.

 

Ventriloquia — moneda extranjera —

grandilocuencia — ¡Rey de los estafadores!—

Pero desde abajo ya nos informan

que el té está servido.

 

===

 

Entre tías de ochenta kilos

él parecía pesar veinte:

tan ligero, vivaz, esbelto, claro,

terriblemente flaco.

 

Pero no — ¡él no pesa nada!

¡Es angélico – inmaterial – joven!

Su cara, como luna nueva

entre lunas llenas.

 

Apoyada la barbilla en la mano,

—lee calmo, como son calmas

las tardes. — ¡¿Cómo se puede leer

versos a las tías?!               

 

===

 

¡Oh, qué amable es, y desde el principio

extremadamente cortés!

¡Cómo, sonriendo, esconde el aguijón

y tras cruzar

 

sus mágicas manos, sabe

—¡cuidado, vecino! — rendirse

amablemente al tedio

de charlas vacuas.

 

Pero— ¡sin contenerse y de repente! —

estalla de rebeldía, amenazando

por la frase más inofensiva

con un cuchillo.

 

Y tras medio segundo ceremonioso,

ya con espuma en la boca, gatillaba.

— ¡Adiós, confort, y adiós pastel

de cumpleaños!

 

===

 

Terminó el té. Se alargaron las sombras,

y dejó de ronronear el samovar.

¡De prisa al bulevar Tverskói, fresco,

primaveral!

 

¡Estamos tan hartos de Baudelaire!

¡Que el viento sople en nuestros rostros!

Cantan las puertas a la Gógol,

chilla el zaguán. —

 

Con nuestros sombreros de ala ancha

me parece que estamos más lindas…

— Y ese aroma, y ese aroma

de los álamos.

 

Resplandece el bulevar. Por el sendero,

largos rayos oblicuos. Corren los aros,

tras ellos las piernitas, pelotas

que vuelan

 

 

y otras siguen en las redes.

Allí un niño con un gorro “Varego”

sobre un vestido escocés a cuadros

dirige su paso.

 

Brillan rizos, mejillas, ojitos,

una sirena aúlla y queda ronca.

Chirrían las ruedas de los cochecitos

 — chirrido prolongado.—

 

Allá una madre vigila perspicaz

a su hija con una trenza, como cobre.

Tiene en una mano, un baldecito;

en la otra, un oso.

 

Un niño con los zapatos agujereados:

¡pobre, aún no ha crecido para usar

gorra con visera de colegio

y cigarrillo!

 

¡Formen remolinos, rizos, cintas!

¡Lamentablemente no hay vuelta atrás!

Pasan en parejas los estudiantes

entre los niños.

 

Juega el sol en las alamedas…

—¡Que encantadora y simple es la vida!—

Entre las dos sumamos treinta años:

su edad.

 

===

 

¡Oh, cómo contárselos ahora —

catorce — dieciséis años! Caminamos,

nuestro caballero en el medio,

nuestro propio — poeta.

 

A sus dos lados, como dos sobrepesos,

cada una de nosotras lo mira:

la hendidura de la mejilla, flaca y brusca,

un ojo verde,

 

el abrupto filo de la barba,

como el filo maligno de un cuchillo,

la nariz afilada y el contorno claro

del cuello.

 

(¿Quién paseará ahora, bajo la luna dorada,

con nuestro caballero vagabundo?…)

Sobre su incandescente, vampiresca

boca pesada —

 

los bigotes, que a lo alto

han despegado, semicírculo altanero…

Y lo seguimos mirando de costado

a la cara.

 

Y allí, en los campos infinitos,

sirviendo a un Zar Celestial,

el tataranieto de hierro de Ibrahim[2]

se incendia con el ocaso.

 

===

 

Arde rojo el ocaso sobre todas las cosas,

arden por doquier las cúpulas,

arden las ventanas de nuestro salón

y los espejos.

 

Desde la negra profundidad del piano

arden racimos de rosas rojas.

— “Soy el caballero de la Rosa y el Grial,[3]

Cristo está conmigo,

 

pero recorrió conmigo todos los caminos

aquel que está presente aquí también.

Entre el Diablo y Dios estoy

todo dividido.

 

Dos verdades – dos caminos – dos fuerzas –

dos abismos: ¡Dante y Baudelaire!”

¡Oh, cómo guturaliza a la francesa

la “erre”, qué lindo!

 

¡Pero, querido, dejarás a Dante

y con él a Baudelaire! A hurtadillas

presionamos las teclas,

una tras otra –

 

Y los sonidos –el enjambre en una colmena—,

zumban y golpean, ¿quién tenía razón?

Nuestro Caballero de la Rosa vuela

se precipita entre las sillas.

 

¡Él, casi más viejo que el universo —

es un niño de la cabeza a los pies!

Con el primer acorde de una marcha

¡es todo un soldado!

 

¡Chu! — ¡Sonido de trompeta! — ¡Chu! — ¡Galope!

¡Toque de tambor! — ¡Chacó! — ¡Al diablo

la inteligencia y al diablo la experiencia!

¡Hurra! ¡Hurra!

 

Es Aquel cuyos blancos dedos aprietan

corazón y destinos, aprietan todo el mundo.

Viste un uniforme sencillo, verde

y arrugado.

 

Es Aquel que junto a las torres del Kremlin

permanecía de pie. Con su pequeña estatura,[4]

con cuyos libres colores está pintado

el puente de Arcole.[5]

 

===

 

Debían ser pálidos nuestros rostros,

el latir del corazón destroza el pecho.

No hay tiempo para detenerse, ni fuerzas –

para respirar.

 

Con mágica fuerza sus manos

por las teclas ya están volando.

Resuenan las notas bullentes

como una catarata.

 

Un circo, candente como el de Sajar,

una multitud de reyes pelirrojos.

Dos orgullos del globo terrestre:

los niños y el león.

 

Bajo la cúpula — como un zar en su palacio

resplandece la bandera británica.

Después de abrir sus piernas ajedrezadas

cayó el payaso…

 

Con una capa de lentejuelas multicolores,

bajo la algarabía de las cuerdas tensas,

voló sobre la superficie un adolescente,

¡ joven — como la mañana!

 

— ¡Salud, miladis y milores! —

Y ya la cuerda tiembla tensa

bajo sus pequeñas y firmes

piernas.

 

Escamado por multitud de estrellas,

—finalizada una ágil pirueta—

sonríe sobre el abismo, elevando

su gorra.

 

===

 

El piano ha callado. Un trémulo sonido,

desde algún lugar —en cambio —.

Suena una caja de música,

mi antigua amiga,

 

todo un siglo hasta la ronquera,

hasta el lamento, ha sonado este trío:

la marcha de los muñecos, el Danubio Azul

y una escocesa.

 

En el mundo de voces y gobelinos

se abrió un camino secreto: ¡paraíso

de coronas de cabellos dorados!

¡Oh, vals en tres tiempos!

 

Con el inocente vals, el antiguo vals,

bailaron los nuestros tres primaveras —

En el espejo del frío recibidor—

reflejados.

 

Así, el salón tres veces rodeando,

—un melancólico junco triple —,

entrábamos volando al reino de blancas

estatuas y viejos libros.

 

En el estante superior, pardo y de polvo

cubierto, sombrío se posa un búho,

que ha conocido mejores días,

con cara de gato.

 

En sociedad con el búho relleno

duerme Zeus, ese abuelo incomprendido,

con el que nos asustaban de niñas, diciendo

que comía gente.

 

Como panales atestados — una fila

de estanterías de libros. Tocó el brillo

las cubiertas apergaminadas de los libros

antiguos.

 

===

 

¡Flor de Grecia y gloria de Roma —

tomos innumerables! Aquí —cuánto sol

habremos metido nosotras—

siempre es invierno.

 

Brillando rosado con el último sol,

abierto de par en par yace Platón…

El busto de Apolo – el plano del Museo[6]

Y todo – es como un sueño.

 

===

 

Ya en todas partes de la casa los postigos

se cierran, golpeando. En el recibidor —

¿donde hace poco fue el incendio? —

ya ni un rayo.

 

Cada vez menos y menos luz,

cada vez más y más cerca un golpeteo…

La mitad del gabinete se quedó

ciega de golpe.

 

Todavía con un único ojo turbio

se ve blanca la ventana izquierda.

Pero los postigos golpean — y de golpe

todo está oscuro.

 

Abnegación — nirvana —

¿Fénixes, qué pasó, cayeron en la red?

¡Sobre los lejanos rodillos del diván

no se queden!

 

Algo respiraba en un rincón,

y algo temblaba apenitas.

Silenciosa chirrió la puerta,

alguien venía.

 

O alguien estaba regresando

—nuestras manos estaban heladas —

a nuestra vieja casa encantada,

irreparable.

 

Mi madre bajo tierra, mi padre en El Cairo[7]

¡Una mancha más! Ya no hay

nada gracioso en el mundo

que nos dé gracia.

 

Ya lo comprendimos sin palabras,

que junto al armario hay, blanco, un féretro.

y el corazón, que fue perdiendo las herraduras,

vuela al galope.

 

===

 

— “En el mundo es la noche. No tiene estrellas.

En el mundo es el espíritu, es todo – engaño.

Es el mundo. Su nombre — abismo

y océano.

 

Para quien nade en ese océano —

no hay marcha atrás.

Yo morí en él. — ¡Atrás, Diablo!

¡No toques a los niños!

 

Y ustedes, niñas desenfrenadas,

con una mente penetrante como el hielo, —

con la locura de todos los milenios,

están en quien canta,

 

y se lamenta y sufre —

toda la tierra inefable.

Ustedes, rosas, torrentes, aves,

ustedes, álamos —

 

Lázaros muertos que de la tumba

llaman en la espesura de los tilos,

ustedes, sin quienes hace mucho tiempo

ya habría muerto.

 

Nuestro mundo — inestable hasta lo ilusorio

sobre sus tres pútridas ballenas —

¡Oh, pájaros de oro! — ¡Violines

en mis manos! —

 

Con la ridícula falda corta

que visten los dioses — los mundos

que ciegamente se estrechan a mí,

como dos hermanas,

 

ustedes, cuyo padre está ahora en El Cairo,

cuya madre se ha enfriado y es un rastro —

sepan que en el mundo no hay salvación

para ninguna.

 

¿Quieren que les quite la venda?

¿Qué les descubra un nuevo camino?”

“No — mejor cuéntenos un cuento

sobre cualquier cosa”…

 

===

 

¡Oh, Ellis! — ¡Encanto, juventud, frescura,

inocente y mágico absurdo! ¡Llanto

de ángel! — ¡Rechinar de dientes!

Bailarín sagrado.

 

Que vive sin la idea del pan de cada día

— con qué y cómo — ¡Lo sabe Dios!

¡Yo no sé si hay Dios en el cielo! —

Pero si lo hay —

 

ya ahora, en este mundo,

de todo hasta el único pecado

estás liberado por estos

versos míos.

 

¡Oh, Ellis! — ¡Caballero sin nombre!

¡Hijo del país más celestial!

Contigo abríamos los muros

hacia otra vida…

 

Dondequiera se hayan empalmado

nuestros siglos, en la soledad de cualquier

desierto, tú – eres nuestro, y nosotras – tuyas.

Por los siglos de los siglos. Amén.

 

15 de febrero  – 4 de mayo de 1914.

 

 

***

“Hechicero” era el apodo doméstico de Ellis (Lev Lvovich Kobylinski, 1879-1947) poeta simbolista que fue preceptor y amigo de las hermanas Tsvietáieva.

El poema fue escrito a causa de la publicación del libro de Ellis Argo (editorial Musaguet, de Moscú, 1914) donde había poemas dedicados a Marina y Asia Tsvietáieva.

 

_______

[1] Francés: sonoras, brillantes uvas.

[2] Referencia a la estatua de Pushkin en Moscú, tema que desarrolla Tsvietáieva en su prosa Mi Pushkin.

[3] La rosa (que por su color simboliza la sangre de Cristo derramada en la cruz) y el Grial son elementos recurrentes de la poesía de Kobylinski.

[4] Referencia a Napoleón.

[5] En París, sobre el Sena.

[6] Del Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú, fundado por el padre de Marina Tsvietáieva.

[7] En la primavera de 1909 Iván Tsvetáiev concurrió a un Congreso de Arqueología en El Cairo.

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