El anticomunismo se ha mantenido como una herramienta constante de poder en Argentina, utilizada para justificar el control social y la represión de sectores críticos, especialmente aquellos vinculados a las clases subalternas. Este fenómeno se desplegó durante más de un siglo y en diversos contextos políticos y sociales, siempre apoyado por el Estado y sectores dominantes.

El libro Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, de Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, sintetiza esta evolución y plantea su continuidad en el presente, donde la acusación de “comunista” o “socialista” se ha convertido en un recurso recurrente para desacreditar cualquier crítica al poder vigente. Los autores sostienen que el anticomunismo emergió como reacción a los niveles variables de conflictividad social y a la influencia de políticas internacionales orientadas a contener movimientos marxistas y obreros autónomos.

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Desde principios del siglo XX, el anticomunismo fue una respuesta inmediata y estratégica frente a la creciente organización de la clase obrera y el auge del anarquismo, antecedente fundamental de esta dinámica. Su difusión se articuló con los intereses de las clases capitalistas locales, con el respaldo del aparato estatal y un fuerte apoyo de fuerzas externas globales que buscaban neutralizar cualquier amenaza a sus propios intereses políticos y económicos.

A lo largo del siglo, el discurso y la práctica anticomunista adoptaron distintos rostros y objetivos, adaptándose a las distintas coyunturas nacionales e internacionales. Se dirigieron desde aquellas primeras asociaciones obreras “subversivas” hasta las organizaciones perseguidas bajo la última dictadura militar, que desplegó un terrorismo de Estado basado en la criminalización y exterminio de opositores denominados “subversivos apátridas”.

Este proceso implicó sistemáticamente la censura, el silencio impuesto, la intimidación y la violencia, difundiendo un relato que presentaba a sus enemigos como responsables de desorden y amenaza para el “orden establecido”. Así, la retórica anticomunista cumplió una función de disciplinamiento social que trascendió gobiernos y repúblicas. En la actualidad, esta lógica sigue vigente y se inscribe en un contexto global donde las derechas extremas reciclan discursos de confrontación propios de la Guerra Fría, aunque con enemigos más difusos y expansivos.

El libro también detalla cómo la religiosidad y los poderes culturales se sumaron a esta construcción del miedo, trabajando en conjunto con el Estado y las élites económicas para reducir la autonomía obrera y la conflictividad social, configurando un entramado complejo de dominación. Esta alianza entre intereses locales y presiones internacionales confirma que el anticomunismo en Argentina fue un fenómeno profundamente inserto en las estructuras globales de poder.

Los autores resaltan que, si bien el término “anticomunismo” ha cambiado en sus formas y enfoques, su función política esencial fue siempre preservar el statu quo a costa de restringir derechos y libertades, cuestionando y neutralizando cualquier intento de transformación social desde abajo.