Allen, originalmente conocido como Huaiquinelo por su paisaje de sauces, fue habitado por colonos que sobrevivieron a grandes desafíos naturales y económicos desde fines del siglo XIX. Uno de ellos fue José Escales, un productor que llegó al valle en 1887 y contribuyó a consolidar la agricultura local gracias a la organización comunitaria por el riego, en un terreno que inicialmente solo contaba con el limitado caudal del viejo Canal de los Milicos.

Escales no solo cultivó alfalfa, verduras y frutales, sino que también impulsó la producción con su molino de trigo y su establecimiento “La Valenciana”, reconocido por la calidad de su trabajo. Este sistema de colaboración para asegurar el agua necesaria sentó las bases para que el sector agrícola pudiera desarrollarse a pesar de las inundaciones y dificultades climáticas, en un contexto donde el Dique Ballester y sus canales fueron decisivos para ampliar el acceso al riego.

Casi 140 años después, productores como Carlos “Acha” Martínez representan la continuidad de ese legado, adaptando la actividad agraria a los tiempos modernos. Martínez, con formación en economía y contabilidad, destacó que la producción hoy exige no solo esfuerzo sino estrategias que incluyan reconversión a nuevas variedades, incorporación tecnológica, y la búsqueda de mercados de exportación.

Radicado en un área estratégica entre Gómez y Cipolletti, Martínez enfatiza la importancia de gestionar eficientemente los recursos, integrar procesos como empaque y conservación en frío, y ofrecer un producto con valor agregado basado en la calidad y la presentación de la fruta. Esta evolución refleja cómo la actividad agrícola de Allen ya no depende únicamente de la naturaleza, sino también de la innovación y el conocimiento técnico.

A pesar de los cambios, persiste un valor fundamental: la experiencia práctica en el campo y las relaciones comerciales directas, basadas en la confianza y la conducta ética, que marcaron la diferencia desde tiempos de los pioneros hasta el presente.