Úrsula Díaz, reconocida deportista de montaña y segunda mujer argentina en alcanzar la cumbre del Monte Everest, vive actualmente en Australia junto a su familia, donde continúa ligada a su pasión por la montaña mientras atraviesa la maternidad. Según relata, el contacto constante con la naturaleza le ha enseñado a conocerse mejor, a cultivar la paciencia y a tomar decisiones conscientes en esta nueva etapa de su vida.

Durante su embarazo, enfrentó ese período rodeada de las alturas y el aire puro que la montaña brinda, lo que aseguró haberle transmitido energía progresiva para cuidar a su hija. Su rutina diaria refleja ese estilo de vida: desde preparar el lunch para su hija hasta imaginarlo como el armado de una mochila, siempre priorizando alimentos nutritivos y livianos, como si fuera una actividad vinculada a sus expediciones.

Aunque en Australia las montañas no superan los 3.000 metros, Díaz advierte que los riesgos persisten. Describe los peligros particulares del terreno, donde la cercanía del mar, acantilados y los repentinos vientos representan dificultades constantes. Además, alerta sobre la presencia de insectos y serpientes venenosas, que forman parte del entorno y sobre los que desde niños reciben enseñanza para identificarlos.

Una característica destacada es la eficacia de los sistemas de rescate: ante una pérdida de señal, se activan rápidamente para localizar a los montañistas en apuros. A pesar de esto, para Díaz la montaña es un espacio impredecible que «decide qué hará con nosotros, sin importar la experiencia». Instala que interpretar ese entorno es una forma de conocerse a uno mismo, ya que la montaña refleja la vida en su esencia.

Por último, mencionó el caso reciente ocurrido en Catamarca con vehículos varados en la Puna, que tuvo repercusión internacional desde Australia. Reflexionó sobre la aparente falta de protección y recursos en zonas con gran cantidad de montañas, al contrario de lo que cabría esperar, señalando la ironía de esa realidad.