La economía argentina atraviesa una paradoja marcada por una bonanza comercial sin precedentes junto a una contracción económica que genera incertidumbre. Según el último informe del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (CIFRA), el superávit comercial alcanzó en el primer trimestre de 2026 un récord impulsado por la cosecha agrícola y el sector energético, sin embargo, las reservas netas permanecen en terreno negativo, lo que dificulta enfrentar los compromisos financieros del Estado.
Esta tensión externa se profundiza por los elevados vencimientos de deuda que deben afrontarse durante lo que resta de 2026 y 2027, sumando montos que superan los 30.000 millones de dólares al incluir las obligaciones del Banco Central y el sector privado. Aunque la estabilidad cambiaria mejoró parcialmente tras intervenciones internacionales en 2025, la reducción de las tasas de interés y la persistente salida de capitales ponen en duda la sostenibilidad del carry trade, una estrategia que permitió obtener altos rendimientos en dólares en meses previos.
En paralelo, la economía real refleja señales negativas. Desde febrero de 2025 la actividad económica mantiene una tendencia contractiva, con una caída interanual que supera el 2% y se agrava cuando se excluyen sectores como agro, minería e hidrocarburos. Bajo el actual gobierno, la cantidad de empresas que cerraron supera las 24.000, superando incluso la crisis de fin del siglo pasado, con un promedio diario de 30 cierres en los últimos dos años.
Este escenario también impacta en los ingresos reales de los trabajadores. La disputa por los precios relativos ha acelerado la inflación, parcialmente alimentada por devaluaciones previas y el aumento del petróleo debido a conflictos internacionales. Mientras los precios crecen, los salarios muestran un retroceso acumulado superior al 13% desde el inicio del gobierno actual, generando presión sobre el poder adquisitivo y el consumo.