Durante los primeros meses del año, millones de argentinos enfrentaron una fuerte reducción en su ingreso disponible, resultado de salarios que no guardan relación con el aumento de los gastos fijos, en especial los servicios básicos. Esto complica la capacidad de las familias para cubrir sus necesidades y mantener su consumo habitual.
Según informes privados, los costos de electricidad, gas y expensas aumentaron por encima de la inflación general, con incrementos que superaron el 4% en algunos períodos, mientras que el índice de precios aumentó cerca del 3% mensual. Esto elevó el peso de los gastos fijos a casi una cuarta parte del ingreso familiar, cifra que supera notablemente los niveles previos al cambio de gobierno.
Las consecuencias son más duras en hogares con ingresos bajos, donde la vivienda y la alimentación representan una proporción mayor del presupuesto mensual. En estos sectores, incluso pequeños aumentos en tarifas o alimentos afectan severamente la economía familiar. Además, jubilados con haberes mínimos y trabajadores del sector público manifestaron caídas más bruscas en su poder adquisitivo comparado con otros grupos, lo que evidencia un deterioro económico extendido.
Los cambios en la economía familiar se reflejan en el consumo: menos salidas, ropa o electrodomésticos nuevos, y un abandono de actividades recreativas. Crecieron las estrategias para sostener el pago de servicios y alimentos mediante el uso de ahorros, tarjetas de crédito, préstamos o trabajos adicionales. Esta situación también se asocia a un aumento de la morosidad y complicaciones para cumplir con pagos mensuales.
Especialistas en economía señalan que la actualización tarifaria resulta necesaria para reducir subsidios y mejorar las cuentas públicas, pero alertan sobre la urgencia de recomponer los salarios. Sin un ajuste en los ingresos, la presión de los gastos fijos seguirá consumiendo una parte creciente del presupuesto, profundizando la reducción del consumo y afectando la dinámica económica de hogares y comercio.