La inflación mostró una moderación en mayo, con mediciones privadas situándola entre 2,1% y 2,5%, por debajo del 2,6% registrado en abril. Esta desaceleración no implica un cambio abrupto, sino un proceso gradual en el que varios factores opuestos condicionan la evolución de los precios.

El Banco Central, a través del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), anticipó que la inflación de junio se ubicará en 2,1%, con una caída prevista a 2% en julio y una posible perforación de ese umbral en agosto, cuando se estiman valores alrededor de 1,8%. Sin embargo, la tasa interanual continúa cercana al 30%, manteniendo la presión en una inflación aún elevada.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ajustó su pronóstico al alza para Argentina y estima una inflación anual promedio de 31%. Según el organismo, la fuerte suba de combustibles en el primer semestre ralentizó el proceso de desinflación, que se espera que tome mayor fuerza en la segunda mitad del año apoyada en una política monetaria estricta, disciplina fiscal y una demanda interna contenida.

La economista Anastasia Daicich explicó que la trayectoria inflacionaria dependerá de la interacción de diversos elementos: en el sector de alimentos y bebidas, la carne vacuna mantiene precios estables, mientras que las frutas subieron, vinculadas a las primeras producciones de la temporada, y las verduras bajaron. Se prevé que con el aumento de la oferta en los próximos meses, los precios de frutas tenderán a moderarse.

Por otro lado, la inflación núcleo, que excluye precios volátiles y regulados, se mantendría alrededor del 2,4%, reflejando una demanda interna débil y salarios reales que aún no recuperaron poder adquisitivo. Además, los servicios regulados y los altos niveles de endeudamiento y morosidad en hogares complican la consolidación de una tendencia claramente descendente.