La escalada de tensión entre Irán y Estados Unidos se intensificó luego de que Washington atacara varios objetivos en la costa sur iraní, próximos al estratégico estrecho de Ormuz. Estos bombardeos fueron justificados por la administración estadounidense como represalia al derribo de un helicóptero norteamericano en la zona, un hecho que no dejó víctimas pero que desencadenó una rápida respuesta militar.
Desde Teherán, el canciller Abás Araqchi calificó la acción como un intento de sabotear las negociaciones diplomáticas en curso y advirtió que las fuerzas iraníes responderán a cualquier ataque o amenaza. Insistió en que, a pesar de las derrotas militares que atribuye a Estados Unidos, su país mantiene una posición firme y pidió el retiro de las tropas estadounidenses de la región.
Los bombardeos estadounidenses impactaron en las localidades de Jask, Sirik y la isla de Qeshm, donde las autoridades iraníes reportaron daños graves en la infraestructura de suministro de agua potable, afectando a aproximadamente 20.000 habitantes de la zona. Este corte de agua resultó particularmente crítico debido a las elevadas temperaturas, que superan los 45 grados, y la falta de recursos suficientes en acuíferos locales para compensar la merma.
Por otro lado, desde el Ministerio de Exteriores iraní denunciaron que Estados Unidos no solo violó el alto el fuego vigente desde principios de abril, sino que también generó un daño importante en el proceso diplomático con sus acciones contradictorias y cambios reiterados de postura. El portavoz Esmail Baqai sostuvo que el uso de la fuerza y ataques ilegales minan cualquier avance en las negociaciones.
Irán calificó los bombardeos como realizados bajo un pretexto falso y confirmó que respondió con lanzamientos de misiles contra Jordania y Baréin, países considerados aliados de Estados Unidos en la región.