José López Rega, ministro de Desarrollo Social y mano derecha de Juan Domingo Perón, proyectó un monumento funerario que buscaba reunir en un solo lugar a los grandes próceres y personajes históricos de Argentina. Denominado inicialmente El Panteón de los Héroes y luego conocido como El Altar de la Patria, se trataba de una tumba colectiva con un tamaño monumental: 85 metros de ancho, una profundidad equivalente a seis pisos y una altura de tres pisos.

El ministro presentó este proyecto a través de una cadena nacional, junto a sus colaboradores, mostrando una maqueta que mostraba vitrales destinados a representar los principales hitos de la historia nacional. En su discurso, López Rega enfatizó la necesidad de unificar simbólicamente a todos los argentinos, sin importar las diferencias políticas o ideológicas, en un mausoleo donde descansaran figuras emblemáticas como San Martín, Eva Perón, Yrigoyen, Facundo Quiroga, Mamerto Esquiú, Mitre, Urquiza y hasta el dictador Pedro Eugenio Aramburu.

El planteo no estuvo exento de controversias. Entre los más críticos se destacó Carlos Menem, entonces gobernador de La Rioja y uno de los mandatarios provinciales más jóvenes, que cuestionó la inclusión de personajes que consideraba “traidores y vendepatrias”, en particular Mitre y Urquiza. Estos debates reflejaron las tensiones políticas que atravesaba el país en ese momento y la dificultad de construir una memoria histórica consensuada.

Los problemas técnicos también conspiraron contra la realización del mausoleo. La elección del predio en la avenida Figueroa Alcorta, próximo a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, enfrentó obstáculos inesperados durante la excavación, como el hallazgo de cables de alta tensión que impedían avanzar con la obra. Estas dificultades, junto con la oposición política, frenaron la concreción del proyecto.

Este monumento sintió el peso de la figura de López Rega, conocido no solo por su rol político, sino también por su marcada obsesión con la muerte y su manera particular de concebir el poder y la historia nacional. El Panteón pretendía ser un símbolo de unidad y memoria, pero terminó siendo un reflejo de las divisiones y conflictos que atravesaban a la Argentina en esa época.