Taty Almeida, una figura emblemática en la lucha por los derechos humanos en Argentina, murió dejando un legado de incansable búsqueda de justicia por los crímenes de la última dictadura cívico-militar. Durante décadas, se dedicó a encontrar respuestas sobre el paradero de su hijo Alejandro, desaparecido en 1975, y se convirtió en presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
Nacida en Buenos Aires bajo el nombre de Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, Taty se desempeñó como maestra antes de transformarse en activista tras la desaparición de su hijo. Su historia personal estuvo marcada por un vínculo con el mundo militar: su padre fue teniente coronel, su hermano alcanzó el grado de coronel, y tanto su esposo como sus hermanas estuvieron cercanos a las Fuerzas Armadas. Sin embargo, esa proximidad no detuvo su compromiso para denunciar las atrocidades del régimen.
En junio de 1975, Alejandro Almeida fue secuestrado por la Triple A y desde entonces permanece desaparecido. La búsqueda de su hijo, que se extendió por casi medio siglo, impulsó a Taty a transformar el dolor personal en una lucha colectiva por memoria, verdad y justicia. Aunque nunca logró saber qué ocurrió con Alejandro, ayudó a centenares de familias a encontrar a sus seres queridos o al menos a enfrentar la dura realidad.
Durante esos años, Taty también se sostuvo trabajando, primero como secretaria y luego realizando encuestas, mientras educaba a sus tres hijos. Alejandro, además de militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), trabajaba en el Instituto Geográfico Militar y «Télam», la agencia estatal de noticias.
La desaparición de Alejandro marcó un antes y un después en la vida de Taty. Su compromiso consolidó a Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora como uno de los movimientos más reconocidos contra la impunidad de la dictadura, manteniendo viva la denuncia y el reclamo de justicia para las víctimas.