Un médico estafaba a pacientes oncológicos cobrándoles más de veinte mil dólares por un tratamiento basado en remedios caseros sin eficacia comprobada. El supuesto protocolo curativo se limitaba a la administración de ajo y vitamina C, sustancias que carecen de respaldo científico para tratar el cáncer.

Las víctimas, desesperadas por encontrar alternativas para sus condiciones, pagaban sumas significativas confiando en la credencial médica del estafador. El engaño aprovechaba la vulnerabilidad de pacientes en situaciones críticas de salud, ofreciéndoles falsas esperanzas a cambio de dinero que desaparecía sin resultado alguno.

Este caso refleja un patrón delictivo recurrente: la explotación de enfermos terminales mediante promesas de curas milagrosas. Los estafadores se valen de títulos profesionales o apariencia de legitimidad para ganar confianza y acceso a recursos económicos de familias desesperadas.