Eduardo Artero se sube todos los días al tractor para supervisar la chacra familiar en Cuatro Esquinas, en el Alto Valle, una tierra cultivada por su familia desde hace casi cien años. A sus 74 años, mantiene el mismo ritmo y cuidado que aprendió en su infancia, acompañando la producción de manzanas y peras con la misma dedicación que sus antecesores.

El establecimiento, que hoy abarca 20 hectáreas, fue sistematizado a partir de 1926 cuando la familia de su abuela Hidalgo se asentó en la zona. Los Artero, provenientes de España, se fusionaron con la familia Hidalgo, consolidando un legado agrícola que ha permanecido intacto a lo largo de cinco generaciones. En la chacra aún se conservan árboles históricos, algunos con más de setenta años, que continúan brindando cosechas significativas.

Martín Artero, abuelo de Eduardo, llegó siendo joven y trabajó en la construcción del canal principal de riego del Alto Valle, lo que fue fundamental para el desarrollo frutícola de la región. Con el tiempo, adquirió tierras y comenzó una expansión productiva que se integró con la tradición de los Hidalgo, pioneros en el cultivo local. Entre los inmuebles de la propiedad, aún se mantiene en pie la antigua casa familiar Hidalgo, que también sirvió como sede del Club Hidronor durante años.

La producción de la chacra incluye manzanas Granny Smith en árboles centenarios que generan hasta mil kilos de fruta por temporada cada uno. Eduardo decidió conservar estos ejemplares tradicionales porque continúan siendo productivos y representan un vínculo vivo con la historia rural de Cipolletti.

Hoy, junto a su hijo Sebastián, quinta generación dedicada a la fruticultura, Eduardo sostiene una actividad que es mucho más que producción agrícola: es el cuidado de una memoria familiar que se entrelaza con la evolución y transformación del Alto Valle patagónico. Esta continuidad permite preservar técnicas, saberes y el sentido de pertenencia que nacieron hace un siglo en estas tierras.