El regreso del fenómeno El Niño preocupa a productores, autoridades y especialistas en Misiones por el aumento previsto en la intensidad y frecuencia de eventos meteorológicos extremos. Para el ingeniero en Recursos Hídricos Enrique Gandolla, el verdadero reto no es solo cuánto lloverá, sino cómo responderán las cuencas ante precipitaciones intensas que generan inundaciones rápidas y sequías persistentes.

Este fenómeno climático, originado por el calentamiento del océano Pacífico ecuatorial, ha existido por siglos, pero el contexto actual de calentamiento global amplifica sus efectos y altera la dinámica habitual del agua en la región. Misiones recibe grandes volúmenes de lluvia anuales, pero presenta una paradoja: suelos permeables y un basalto superficial impiden retener el agua, lo que provoca escurrimientos rápidos y dificulta evitar sequías aun con abundantes lluvias.

Gandolla sostiene que la gestión de cuencas hidrográficas debe ser una política de Estado. Cuidar el agua implica favorecer la infiltración y evitar que se escurra rápidamente hacia arroyos y ríos, generando crecientes aceleradas que aumentan el riesgo de desbordes en zonas bajas. Además, las lluvias concentradas en tormentas intensas provocan erosión, afectando la fertilidad del suelo y la productividad agrícola y ganadera. También incrementan la temperatura y la demanda hídrica, agravando el estrés térmico sobre cultivos y animales.

El especialista advierte que el calentamiento global no crea los fenómenos climáticos, pero sí los intensifica, haciendo que las sequías y las inundaciones sean más graves y frecuentes. Muchas dificultades actuales podrían haberse atenuado con una planificación de décadas enfocada en la conservación de suelos, el manejo integrado de cuencas y la recuperación de áreas productoras de infiltración.

Por eso, Gandolla enfatiza la necesidad de anticiparse en lugar de reaccionar únicamente ante emergencias climáticas, tanto en el sector público como privado. Aumentar la capacidad del territorio para retener agua, proteger los suelos y conservar las cuencas son las claves para adaptarse a un clima cada vez más variable y extremo.