El Ballet Estable de Tucumán revive el clásico del ballet romántico “Giselle” con una nueva puesta en escena en el Teatro San Martín. La obra, estrenada originalmente en la Ópera de París en 1841, mantiene su vigencia gracias a la delicada combinación de técnica, lirismo y drama que recorre sus dos actos. Bajo la dirección de Ángel Gómez, esta versión rescata la esencia trágica y sobrenatural que ha cautivado al público por generaciones.
La trama gira en torno a Giselle, una joven campesina de espíritu frágil que se enamora de Albrecht, un noble que oculta su verdadera identidad. Al descubrir que él está comprometido con otra mujer, Giselle se sume en una crisis emocional que la lleva a la locura y finalmente a la muerte. La segunda parte se traslada a un bosque encantado donde habitan las Wilis, espíritus de jóvenes traicionadas que condenan a los hombres a bailar hasta morir. La historia explora temas de amor, traición, perdón y redención a través de una coreografía que refleja la tensión entre el mundo terrenal y el dominio de lo sobrenatural.
Esta producción conserva la música original de Adolphe Adam y la coreografía inspirada en Jean Coralli y Jules Perrot, pero con una adaptación y reposición realizadas por Ángel Gómez. El vestuario fue diseñado por el equipo del Teatro San Martín de Tucumán, mientras que la escenografía y utilería también corrieron por cuenta de la sala anfitriona. La colaboración técnica incluye a Carolina D´Urso como maestra y ensayista, así como a Paula González Castro como asistente de dirección, con un Pas de Quatre preparado por María de los Ángeles Díaz.
El elenco principal está encabezado por Sabrina Fresco en el papel de Giselle y Salvador Arbeloa en el rol de Albrecht, acompañados por Rodrigo Reinoso, Oscar Medina y Verónica Abdelnur, entre otros. La convocatoria incluye un elenco amplio que también interpreta roles secundarios y grupo de viñateros, lo que aporta profundidad y riqueza escénica a la representación.
El espectáculo se presenta como una oportunidad para experimentar un clásico de gran relevancia dentro del ballet clásico, reconocido por la exigencia técnica especialmente del papel femenino protagónico y por su capacidad para transmitir emociones complejas mediante el movimiento. La puesta destaca el contraste marcado entre los dos actos, uno en el mundo real y otro, místico y etéreo, subrayando uno de los mayores aportes estéticos del ballet romántico.
