La construcción del Obelisco de Buenos Aires representa uno de los hitos más significativos de la renovación urbana que atravesó la ciudad en la década de 1930. Este monumento se erigió como símbolo del cuarto centenario de la fundación porteña, en una etapa que incluyó la expansión de la Avenida Corrientes y la apertura de la Avenida 9 de Julio, entonces la más ancha del mundo.
Su emplazamiento implicó la demolición de elementos históricos y culturales importantes. Entre ellos, la iglesia de San Nicolás de Bari, lugar donde se izó la bandera nacional por primera vez en 1812, así como el viejo Luna Park y el Teatro del Pueblo. Estas acciones generaron enfrentamientos entre distintos sectores sociales, desde la Curia hasta sectores del periodismo y público, que se opusieron a estos cambios radicales en el centro porteño.
El proyecto, impulsado por el intendente de entonces y su secretario de Hacienda, fue encargado al arquitecto Alberto Prebisch, un referente del modernismo arquitectónico. La construcción, realizada por un consorcio alemán, duró apenas dos meses y contó con la participación de 157 obreros. Para levantar la estructura se utilizó cemento de fraguado rápido y un sistema de volcado en secciones de dos metros, apropiado para las condiciones de la obra. Además, la existencia previa de túneles del Subte facilitó la base del monumento.
El Obelisco mide 67,5 metros de altura e incluye un ápice con cuatro ventanales orientados a los puntos cardinales. Su estructura es hueca y contiene en su interior una escalera marinera de 206 escalones. La base, construida en hormigón y sobre vigas sólidas, exhibe relieves que conmemoran momentos clave de la historia de Buenos Aires: la primera y la segunda fundación, el primer izamiento de la bandera nacional y la declaración de capitalidad de la ciudad.
El peso total de la construcción supera las 177 toneladas y su acabado incluyó el uso de cuarzo extraído en Córdoba, aportando un toque local al conjunto. Su costo alcanzó los 200.000 pesos de la época, una cifra considerable que reflejaba la envergadura del proyecto y el compromiso con la modernización urbanística.
La inauguración del Obelisco no solo implicó un cambio visual en la capital argentina, sino que simbolizó una transición hacia nuevas formas de pensar el espacio público y la identidad porteña, dejando una huella perdurable en la ciudad.