Raymundo Gleyzer fue un pionero del cine militante que entendió la cultura como una herramienta de lucha y construcción social. Su obra no se limitó a representar la realidad; la cuestionó y atacó desde la perspectiva de quienes sufrían la opresión. Para él, el documental debía tener un compromiso político y social, rechazando la neutralidad cultural que, según señalaba, favorece al poder dominante.

Nacido en Buenos Aires, Gleyzer creció en un hogar marcado por el activismo comunista y la actuación, lo que influyó profundamente en su visión artística y política. Tras estudiar en la Universidad Nacional de La Plata, comenzó a realizar documentales con fuerte contenido social, como La tierra quema, que denuncia la pobreza en Brasil, y Ocurrido en Hualfin, que aborda problemáticas argentinas desde el cine. Fue además el primer camarógrafo argentino en filmar en las Islas Malvinas, donde produjo un documental que mostraba la vida cotidiana en las islas, y envió informes sobre la zafra azucarera en Cuba para la televisión local.

Su largometraje más reconocido, México, la revolución congelada, analiza críticamente la historia y la política mexicana, resaltando el fracaso de los ideales revolucionarios y la corrupción que persiste en la élite política. El documental, que ganó premios internacionales, fue prohibido por la dictadura argentina de Lanusse y solo se exhibió décadas después.

Durante ese tiempo, Gleyzer se distanció del Partido Comunista Argentino y se unió al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), integrando el Grupo Cine de la Base, que buscaba crear un cine desde y para los sectores populares como forma de solidaridad y resistencia política. Su compromiso lo llevó a casarse con Juana Sapire, sonidista de sus trabajos y compañera en su militancia cultural.

En ese contexto de creciente represión, Raymundo fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar, evento que marcó un antes y un después en la historia del cine político argentino y latinoamericano. Su legado permanece vigente como ejemplo de un arte profundamente comprometido con la transformación social, que rompe con la idea de un arte inocente y destaca que toda producción cultural tiene un peso político.