Los recuerdos de infancia en Gonzales Chaves se tejen alrededor de sitios que conjugaron diversión, amistad y aprendizaje. Uno de los más emblemáticos fue el Cine Teatro Coliseo, donde los domingos eran sinónimo de matiné. Allí, tras un almuerzo apresurado, niños como el narrador atravesaban varias cuadras para encontrar el asiento ideal, justo en el corazón de la sala, buscando no solo la mejor vista, sino también un refugio seguro entre la multitud.
Durante el intervalo, los pequeños disfrutaban de golosinas típicas que definían la época, como caramelos “Toffy”, bombón helado, maní con chocolate marca “Arrufat” y los legendarios cubanitos de dulce de leche. Además, el recorrido de salida no estaba completo sin hacer escala en kioscos icónicos, como el llamado “del italiano” o “Los Mandarines”, donde se surtían con pastillas de goma y otras delicias que alimentaban las charlas y la complicidad entre amigos provenientes de distintas escuelas y barrios.
Muy cerca del hogar familiar se encontraba el Club de Pelota, un gigante espacio de encuentro y formación donde se inculcaba el respeto por el deporte y hacia los mayores, especialmente ligado al recuerdo de figuras como el Gurí Lombardi. En la misma manzana estaba la Escuela Nro. 1, testigo de siete años de amistad, aprendizaje y primeras travesuras. La escuela y el club funcionaron como la cuna del desarrollo social y deportivo en aquella época, con imágenes vívidas como las carreras y caídas en la galería, que provocaban más de un susto y risas entre docentes y alumnos.
A tan solo doscientos metros, la calesita de Pili representaba un desafío constante para los niños, con el juego de la sortija que Don Pili manejaba con destreza, muchas veces dejando ganar a quienes no podían permitirse otra ficha para seguir girando. Por su parte, la cancha de fútbol Huracán Viejo era escenario de hábiles encuentros, donde esquivar los pelotazos de Ricomagno formaba parte de la cotidianeidad, en medio de risas y pequeñas reprimendas de los adultos.
Finalmente, la casa de la abuela Rosa estaba a pocos pasos de lugares muy queridos, entre ellos la Zapatería La Fama y el punto culminante de esas tardes: la Heladería Pusineri. Este templo dulce se abría con una puerta de hierro que daba paso a su emblemático piso ajedrezado y a sillones de cuerina marrón pegados a la pared. En el mostrador, las banquetas altas invitaban a sentarse mientras se contemplaba la maquinaria para elaborar helados, un aparato fascinante para los niños que daba vueltas sin cesar. Al fondo, un dispositivo especial sumergía los helados para cubrirlos con un baño de chocolate, deleite que quedaba impreso en la memoria y el corazón de quienes crecieron en ese entorno.