La emblemática ópera «Romeo y Julieta» de Charles Gounod llegó por primera vez en versión escénica al Teatro Real, después de haber sido interpretada anteriormente únicamente en formato de concierto. La puesta en escena estuvo a cargo del director francés Thomas Jolly, quien imprimió un sello visual llamativo aunque polémico.
La producción se caracterizó por una escenografía que, en ciertos momentos, ayudó a enfatizar la trama, pero que en varias escenas fue considerada excesiva y hasta impedía la fluidez dramática. A pesar de la complejidad escénica, Jolly logró que los cantantes mantuvieran una interpretación creíble y comprometida con la historia, aunque sin profundizar en las dimensiones políticas del texto original de Shakespeare.
En el plano vocal, Nadine Sierra se llevó los mayores elogios por encarnar a Julieta con una técnica impecable y una mirada contemporánea del personaje, más coqueta que virginal, que revitalizó esta figura clásica. Su interpretación en la célebre aria „Ah, je veux vivre“ destacó por su destreza en roulades y trinos, deslumbrando desde su entrada inicial. La soprano estadounidense logró imponerse y suplir así las debilidades de la puesta en escena.
Junto a Sierra, Javier Camarena defendió su papel con soltura, aportando experiencia y presencia escénica. La crítica también resaltó la participación de Benjamin Appl, quien debutó en el coliseo madrileño, y Roberto Tagliavini en roles secundarios que contribuyeron a equilibrar el reparto. La Orquesta y Coros titulares del Teatro Real recibieron un reconocimiento por sus interpretaciones sólidas bajo la batuta de Carlo Rizzi, cuya dirección musical fue valorada como competente aunque poco inspirada.
La producción de Thomas Jolly, aunque innovadora en sus recursos visuales, generó críticas divididas por su tendencia a saturar la escena con efectos lumínicos y elementos que distraían al espectador, incluso provocando algunos incidentes entre el público durante el estreno. En particular, la representación de las visiones terroríficas de Julieta se manifestó mediante dobles fantasmales del personaje y la aparición de Tybalt, que ejemplificaron la apuesta estética del director, pero también la desconexión con la música de Gounod.