La Plaza de Mayo, epicentro de la Revolución de Mayo de 1810, concentra varios de los vestigios históricos que aún sobreviven en Buenos Aires. Originalmente estaba dividida en dos espacios, separados por la Recova: la Plaza del Fuerte frente a la actual Casa de Gobierno y la Plaza Mayor frente al Cabildo. Tras las Invasiones Inglesas, la segunda pasó a llamarse Plaza de la Victoria, mientras que a la primera se le asignó el nombre de 25 de Mayo luego de la Revolución. Fue recién tras la demolición de la Recova en 1884 que ambas plazas se unificaron bajo el nombre actual de Plaza de Mayo.

Otro símbolo central es la Pirámide de Mayo, erigida en 1811 apenas meses después de la Revolución, como el primer monumento conmemorativo de la ciudad. Su estructura original, modesta y construida en adobe con forma de obelisco, medía unos 13 metros y estaba coronada por un vaso decorativo. Diversos proyectos intentaron reemplazarla durante el siglo XIX, sin éxito, aunque en 1856 recibió mejoras: se le agregó un revestimiento más resistente y una Estatua de la Libertad en la cima, obra del escultor francés Joseph Dubourdieu.

La Pirámide se ha trasladado y restaurado en varias ocasiones. En la unificación de la Plaza de Mayo fue movida a su ubicación actual y en 1942 fue declarada Monumento Histórico Nacional. Las restauraciones más relevantes ocurrieron en 2010, por el Bicentenario, y en 2017, cuando se recuperaron las estatuas originales en su base y se reparó la figura superior. Este monumento constituye no solo un símbolo de la independencia argentina sino también el primer monumento oficial de la ciudad.

El Cabildo, ubicado frente a la Plaza Mayor, funcionó como escenario político decisivo para la Revolución. Allí se produjeron los debates y acuerdos que condujeron a la conformación de la Primera Junta de Gobierno, marcando el inicio del proceso de independencia.