El golpe de Estado que sacudió a Argentina hace más de ocho décadas no fue un acto abrupto, sino el resultado de tensiones acumuladas entre distintos sectores políticos y militares. La madrugada en que las tropas partieron desde Campo de Mayo hacia Buenos Aires, varios grupos —tanto civiles como militares— interpretaron la rebelión de formas muy distintas, generando una atmósfera de confusión generalizada.
Al estallar la revuelta, algunos sectores radicales la vieron como un llamado a terminar con el fraude electoral que marcaba al régimen. Incluso, en su mayoría, se escuchaban consignas en apoyo a figuras históricas del radicalismo. En cambio, otros, como los nacionalistas representados por el diario Cabildo, se mostraron complacidos, atribuyendo parte del éxito a sus propias prédicas políticas.
Por otro lado, había expectativas contrapuestas en torno a la política exterior que desplegaría el nuevo gobierno militar. Los aliadófilos esperaban un cambio en la alineación internacional hacia los países aliados, mientras que los neutralistas apostaban por mantener la distancia del conflicto bélico global. Desde Estados Unidos, voces socialistas y opositoras criticaron el golpe, temiendo que degradara la democracia argentina a un nivel inferior.
En el centro de esta compleja dinámica se encontraba el GOU, un grupo militar conformado por oficiales nacionalistas y neutralistas que había ido consolidándose en los meses previos al golpe. Este grupo veía con alarma la próxima elección presidencial, ya que temían que cualquiera de los resultados —el fraude electoral a favor del oficialista Robustiano Patrón Costas o una victoria de la llamada Unión Democrática, coalición de radicales, socialistas y progresistas— afectaría sus intereses y la posición neutral del país en la guerra mundial.
Entre esos oficiales militaba Juan Domingo Perón, quien compartía la percepción de que el golpe era necesario para evitar que la sucesión presidencial quedase en manos exclusivamente civiles. Además del contexto electoral, el golpe respondía a una serie de crisis políticas e institucionales previas: la enfermedad y muerte del presidente Roberto M. Ortiz, quien intentó combatir el fraude; la restauración conservadora con Ramón Castillo; la fractura política causada por la Segunda Guerra Mundial; y la división entre aliados y neutralistas dentro del Ejército.
La fractura interna entre líderes civiles también alimentó el escenario para el golpe. Ortiz y Castillo, por ejemplo, mantenían una relación tensa y representaban sectores antagónicos dentro del oficialismo y el radicalismo. La imposición de candidatos y los desacuerdos entre conservadores y radicales contribuyeron a deteriorar la estabilidad política que precedió al golpe.
Este episodio marcó un punto de inflexión en la historia argentina, ya que no solo cuestionó la participación civil en la sucesión presidencial sino que también configuró un modelo de intervención militar con consecuencias que se extendieron por años en la política nacional.