El concepto clásico de golpe de Estado, entendido como una toma violenta y abrupta del poder político, enfrenta hoy un cambio radical impulsado por la influencia de las grandes corporaciones tecnológicas. Estas compañías no actúan con tanques ni con asaltos a palacios, sino que desplazan el poder al controlar la infraestructura técnica que sostiene la gobernabilidad y la comunicación.

El poder formal del Estado —ministerios, parlamentos, edificios oficiales— es solo la superficie de un sistema complejo. Para controlar realmente un gobierno, es necesario dominar los "organismos técnicos" que hacen funcionar esas instituciones, desde las redes eléctricas hasta las centrales de telecomunicaciones. Esta idea fue abordada en 1931 por Curzio Malaparte, quien argumentó que la clave no está en ocupar los espacios simbólicos, sino los sistemas esenciales que garantizan la operatividad del Estado.

En la actualidad, el replanteamiento de esta estrategia se traduce en una especie de golpe digital. La conquista del poder ya no pasa necesariamente por la violencia física contra opositores ni la destrucción directa de partidos o sindicatos, sino por el control de las plataformas tecnológicas que regulan la información, el acceso a los servicios básicos y la comunicación masiva. Así, estas corporaciones se transforman en actores decisivos en la política, desplazando en la práctica a los gobiernos electos.

El control de internet, las redes sociales, los sistemas de datos y los servicios digitales se convierte en un poder real que puede modificar el curso democrático sin necesidad de insurrecciones tradicionales. Este fenómeno plantea desafíos inéditos para las democracias, que deben afrontar la dificultad de regular y recuperar espacios fundamentales para garantizar la soberanía política.

El desplazamiento del poder hacia estas estructuras técnicas implica que la defensa del Estado ya no solo depende de resistir en el terreno institucional o político formal, sino también de entender y gestionar la infraestructura tecnológica subyacente. Este cambio marca una nueva etapa en el modo en que se ejerce el dominio político y social, donde la tecnología es tanto el arma como el territorio a conquistar.