El choque entre Estados Unidos e Irán escaló tras una serie de bombardeos y contraataques que evidencian la creciente tensión en el estratégico Golfo Pérsico. Washington llevó a cabo ataques aéreos por segundo día consecutivo contra objetivos militares iraníes, buscando debilitar la capacidad de Teherán para afectar el tránsito marítimo comercial en el estrecho de Ormuz, paso clave para el petróleo mundial.

Por su parte, Irán respondió con ataques contra bases militares estadounidenses ubicadas en Baréin, Kuwait y Qatar, ampliando la confrontación y amenazando la estabilidad regional. Según el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), se destruyeron cerca de 170 objetivos iraníes en total, entre sistemas de defensa aérea, radares costeros, depósitos de misiles y drones. Medios iraníes señalaron además daños en infraestructura ferroviaria que conectaba ciudades importantes dentro del país, provocando suspensión de servicios.

Este aumento en la hostilidad se da en un contexto de estancamiento diplomático, a pesar del reciente acuerdo parcial suscrito entre ambos países que abrió un breve periodo de negociaciones. Estas charlas permanecen suspendidas, en parte por la delicada situación interna iraní tras la muerte de su líder supremo, y la falta de avances concretos para solucionar las diferencias.

Además de la crisis militar, Estados Unidos revocó una exención que permitía nuevas ventas de petróleo iraní, una medida adoptada tras atribuir a Irán ataques a embarcaciones comerciales en Ormuz. Esta decisión ha generado un impacto en los mercados energéticos, con un aumento considerable de los precios internacionales del crudo, aunque luego registraron una ligera corrección.

Ante esta escalada, el presidente estadounidense endureció su retórica, advirtiendo que responderán con una fuerza significativamente mayor ante cualquier agresión. Por su parte, la Guardia Revolucionaria iraní anticipó la posibilidad de ampliar sus operaciones militares, lo que indica un escenario de tensión prolongada en la región.