Millones de cubanos quedaron nuevamente sin electricidad debido a un apagón que afectó a todo el país, marcando el tercero en lo que va del año. La estatal Unión Eléctrica (UNE) confirmó la desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional sin informar sobre las causas específicas ni un plazo para la restauración del servicio.
El apagón se produjo en un contexto ya complicado, donde diversas regiones enfrentaban cortes programados prolongados para administrar la limitada reserva de combustible destinada a la generación eléctrica. En algunos sectores de La Habana, las interrupciones superaban las 30 horas consecutivas, mientras que en el interior del país llegaban a exceder las 70 horas.
La crisis energética cubana tiene raíces profundas. La infraestructura eléctrica del país se encuentra gravemente afectada por plantas termoeléctricas obsoletas, fallas técnicas recurrentes y una capacidad instalada muy inferior a la demanda actual. El país requiere más de 3.000 megavatios para cubrir su consumo, pero dispone de menos de un tercio de esa potencia operativa, debido además a que muchas centrales permanecen fuera de servicio por reparaciones o fallas.
Este colapso afecta severamente la vida diaria: la falta de electricidad paraliza el suministro de agua potable, la conservación de alimentos, las comunicaciones y la operación de comercios y servicios básicos. Esta situación contribuye a un agravamiento económico local, causado por la interrupción productiva, desabastecimiento de insumos y dificultades para mantener servicios esenciales.
La repetición de los apagones ha generado crecientes manifestaciones de descontento social en distintos puntos del país, con protestas y cacerolazos que reflejan la frustración de la población ante la escasez de respuestas gubernamentales. La incertidumbre sobre la duración de estos cortes se ha convertido en parte de la rutina cotidiana para muchos cubanos, cuyos hogares y actividades comerciales sufren las consecuencias de un sistema eléctrico en crisis.