El 16 de junio de 1955 se registró uno de los episodios más violentos en la historia argentina contemporánea, cuando la Aviación Naval, con apoyo de la Fuerza Aérea y grupos civiles, lanzó un bombardeo contra la Casa Rosada y sus alrededores. Este ataque buscaba asesinar a Juan Domingo Perón y dar inicio a un golpe de Estado contra su gobierno constitucional, pero también dejó un saldo trágico con cientos de víctimas civiles entre muertos y heridos.
Las bombas comenzaron a caer poco antes del mediodía y siguieron hasta entrada la tarde, descargándose sobre la residencia presidencial y edificios cercanos, como la Secretaría de Comunicaciones, el Edificio Libertador y ministerios. Se estima que se lanzaron entre nueve y catorce toneladas de explosivos, afectando también zonas civiles, que incluyeron un trolebús donde murieron todos sus ocupantes.
El bombardeo contó con la participación activa de 300 “comandos civiles” que, además de colaborar en la operación, ocuparon Radio Mitre para difundir la proclama golpista. Este sector civil aglutinó a sectores enfrentados con Perón, como algunos representantes de la Iglesia Católica, la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista y el Partido Conservador.
Entre los militares implicados en la conspiración y que luego tuvieron un rol en dictaduras posteriores, figuraron oficiales como el contraalmirante Emilio Eduardo Massera y otros que participaron de represiones sangrientas y gobiernos de facto posteriores. La mayoría de los golpistas huyó a Uruguay tras el fracaso del ataque, donde fueron acogidos por figuras que también tuvieron un papel central en dictaduras posteriores.
Aunque el atentado no logró su objetivo inmediato, aceleró la inestabilidad política y militar que condujo al derrocamiento de Perón tres meses después, continuando con una tradición de intervenciones militares que tuvo precedentes desde 1930 y se repitió varias veces en las décadas siguientes.