La idea de cerrar el Banco Central de la República Argentina y dolarizar la economía, apoyada en la tradición teórica de la escuela austríaca y planteada con fuerza por Javier Milei, busca erradicar definitivamente la inflación crónica que afectó al país por más de ocho décadas. La estrategia se basa en eliminar la posibilidad del financiamiento estatal mediante emisión monetaria, un mecanismo que históricamente amplió los desequilibrios fiscales y generó pérdida constante del poder adquisitivo en Argentina.

Argentina protagonizó uno de los casos más severos de emisión monetaria para cubrir déficits, lo que derivó en inflación persistente, caída de salarios reales y desincentivo al ahorro. La lógica detrás del plan de Milei es clara: sin Banco Central no hay emisión libre y con una moneda extranjera como el dólar, la disciplina monetaria proviene del exterior y queda fuera del control político local. Muchos ejemplos, como Panamá, Ecuador y El Salvador, muestran cómo la dolarización soportó menores niveles de inflación comparados con sus pares de monedas propias.

No obstante, este enfoque se pensó mirando hacia el pasado inflacionario, mientras el contexto global comienza a mostrar señales opuestas: la deflación. En un escenario deflacionario, las políticas monetarias deben aflojar los controles, bajar tasas de interés y fomentar la liquidez para impulsar demanda e inversión. En cambio, la dolarización ataría las manos del país frente a estas herramientas, limitando su capacidad para responder a nuevas realidades económicas.

La política monetaria argentina, si adopta la dolarización estricta propuesta, no podrá utilizar las clásicas medidas contra la deflación, lo que podría empeorar la recesión o ralentizar la recuperación económica ante shocks externos. Este giro plantea un dilema: mientras la dolarización limita la inflación inducida por emisión indiscriminada, también puede tornar vulnerable al país cuando la crisis exija flexibilidad para estimular el mercado interno.

Esta tensión invita a repensar la viabilidad y los impactos de la propuesta que Milei ha instalado en el debate público, considerando que el mundo cambiante a nivel global desplaza los riesgos inflacionarios hacia el riesgo opuesto. La historia argentina exige soluciones estructurales, pero también capacidad de adaptación en un entorno económico que ya no es el mismo que durante las últimas décadas.