La Orquesta Nacional bajo la dirección de Pablo González presentó un programa que destacó por su variedad y riqueza expresiva, navegando con éxito entre la delicadeza de Lili Boulanger y Debussy, y la intensidad apasionada de Chaikovski.
El concierto comenzó con la interpretación de dos Salmos compuestos por la joven compositora francesa Lili Boulanger, una figura trágicamente temprana pero de gran sensibilidad musical. Tres piezas: el Salmo 24, "De Jehová es la tierra", y el Salmo 129, que alternó reciedumbre y sutilezas femeninas, fueron cantados por un Coro Nacional bien afinado y con flexibilidad dinámica, dirigido por Miguel Ángel García Cañamero. La coordinación de voces masculinas y femeninas resultó equilibrada y expresiva, mientras que la actuación del tenor Xabier Pascual aportó solidez en su breve intervención.
En la parte dedicada a Debussy, la obra infrecuente La doncella elegida se presentó bajo las voces de las solistas Rebeca Cardiel (soprano) y Beatriz Oleaga (mezzo). Ambas ofrecieron líneas puras y líricas, aunque con una apuesta tímbrica un poco más sólida de lo esperado en cuanto a cristalinidad y voluptuosidad. Esta obra, basada en la textura delicada y la expresión plástica, se apoyó en un manejo sensible de los matices, reflejando la intención del compositor de imprimir “color y tiempo rítmico”, según apuntes del musicólogo Rodolphe Bruneau-Boulmier.
El cierre estuvo marcado por la ejecución de la Sinfonía nº 5 de Chaikovski, pieza que exhibió la capacidad del director para manejar contrastes intensos, oscilando entre momentos vigorosos y pasajes más efusivos o sutiles. Esta sinfonía, estrenada en San Petersburgo a fines del siglo XIX, es reconocida por su temática ligada al destino y un carácter tanto nostálgico como afirmativo. La dirección de González no solo subrayó las transformaciones temáticas cíclicas de la obra sino también su carga emocional, favoreciendo un desarrollo tanto discursivo como dramático coherente con la complejidad del compositor.
La interpretación se caracterizó por un amplio dominio gestual del director, quien combinó rigurosidad y sensibilidad para extraer una lectura precisa, detallada y sugestiva de las partituras. La orquesta respondió con un balance adecuado entre sus secciones, logrando planos sonoros claros y matices variados que enriquecieron cada pieza interpretada. La coherencia expresiva de Gonzáles permitió una conexión fluida entre las obras, otorgando unidad al concierto pese a la diversidad estilística del repertorio.