Una asamblea universitaria realizada el 16 de mayo de 1969 en Rosario desencadenó una serie de protestas que se conocieron como el Primer Rosariazo, uno de los hechos más significativos de oposición al régimen de Juan Carlos Onganía. Los estudiantes se reunieron para repudiar la muerte de Juan José Cabral, un joven muerto en el llamado “Correntinazo”, y para expresar solidaridad con las movilizaciones en la provincia de Corrientes.

El rector de la Universidad, José Luis Valentín Cantini, intentó impedir el encuentro declarando el cierre temporal de la casa de estudios, sin embargo, los estudiantes se concentraron en el comedor universitario y aprobaron realizar una marcha al centro de la ciudad. La represión no tardó en llegar: al día siguiente, en la manifestación, la policía atacó con balas de goma y plomo a los manifestantes, lo que provocó momentos de caos y violencia.

Uno de los episodios más trágicos ocurrió cuando un grupo de jóvenes se refugió en la galería Melipal, un espacio con una sola salida. Allí, la fuerza policial avanzó con brutalidad y el oficial inspector Juan Agustín Lezcano disparó contra el estudiante Adolfo Bello, quien murió horas después en un hospital cercano. Este asesinato impactó profundamente a la comunidad rosarina, que durante días realizó actos de protesta espontáneos y dejó ofrendas florales en el lugar.

En los días siguientes, la movilización se consolidó con nuevas manifestaciones. El 21 de mayo, el Comité de lucha estudiantil junto a la CGT de los Argentinos convocaron a una “Marcha del silencio” que reunió a miles de estudiantes, secundarios y obreros. A pesar del despliegue policial y la vigilancia extrema con carros de asalto, autobombas y fuerzas especiales, la protesta desencadenó enfrentamientos que forzaron la retirada policial hacia la Jefatura local.

Durante estas jornadas, los manifestantes hicieron uso de barricadas, piedras y acciones desde edificios para resistir, y dirigieron sus demandas también a medios de comunicación, como la radio LT8, en un intento por difundir su mensaje más allá de las calles. Estas tensiones simbolizaron el creciente rechazo interno al gobierno autoritario y marcaron un precedente para futuros movimientos sociales en Argentina.